2. Acumular y desacumular no son el mismo problema
Riesgo 8: Horizonte, aportaciones y retiradas
El módulo anterior demostró que el orden importa cuando hay flujos. Este explica por qué, con el mismo activo y la misma caída, el inversor que acumula y el que desacumula corren riesgos exactamente contrarios. No parecidos ni asimétricos: contrarios.
Deje de contar en euros y cuente en participaciones
El truco para ver esto claro es abandonar el saldo y mirar el número de participaciones. Una cartera de 300.000 euros son 3.000 participaciones de un fondo que cotiza a 100 euros. Ese inversor necesita 12.000 euros al año, un 4% del saldo inicial.
Suponga dos años simétricos: el precio cae a 60 y luego vuelve a 100, o bien sube a 166,67 y luego vuelve a 100. En ambos casos el fondo termina donde empezó y su rentabilidad compuesta de dos años es exactamente cero.
Camino con la caída primero. Al final del primer año el fondo vale 60 euros y la cartera 180.000. Para sacar 12.000 euros hay que vender 200 participaciones. Quedan 2.800. El segundo año el precio vuelve a 100, la cartera vale 280.000, se venden 120 participaciones y quedan 2.680 participaciones, 268.000 euros.
Camino con la subida primero. Al final del primer año el fondo vale 166,67 y la cartera 500.000. Para sacar 12.000 euros bastan 72 participaciones. Quedan 2.928. El segundo año el precio vuelve a 100, la cartera vale 292.800, se venden 120 participaciones y quedan 2.808 participaciones, 280.800 euros.
La diferencia es de 128 participaciones, 12.800 euros al precio final. Y aquí está lo importante: esas 128 participaciones no existen. No están escondidas esperando una recuperación, no vuelven cuando el mercado se anima, no las compensa ningún rebote. Se vendieron a 60 euros para pagar la compra y desaparecieron del registro.
El mismo activo, el riesgo del revés
Repita el ejercicio con un inversor que aporta 12.000 euros al año en vez de retirarlos. Con la caída primero compra 200 participaciones a 60 euros y termina con 3.320; con la subida primero compra solo 72 y termina con 3.192. Las mismas 128 participaciones de diferencia, ahora a favor de quien sufrió el desplome.
Léalo despacio, porque es la idea central del nivel:
- Para el que acumula, una caída temprana es una rebaja. Compra más participaciones por el mismo dinero y le quedan décadas para que el precio se recupere. El único riesgo real es que deje de aportar por miedo.
- Para el que desacumula, esa misma caída es una amputación. Vende participaciones a precio hundido y las retira del juego de forma permanente, justo cuando le quedan más años de gastos por delante.
- Para el fondo, no ha pasado nada distinto en los dos casos. El riesgo no está en el activo: está en la dirección del flujo.
La retirada que se dispara sola
Hay un segundo mecanismo, más silencioso, que empeora el primero. Nuestro jubilado decidió retirar 12.000 euros anuales cuando tenía 300.000: un 4%. Tras una caída del 40%, la cartera vale 180.000 euros y esos mismos 12.000 representan un 6,7%. Sin haber cambiado de opinión ni de estilo de vida, su tasa de retirada efectiva ha subido dos tercios.
Eso convierte la aritmética de la recuperación del nivel dedicado a las caídas en algo bastante peor. Una cartera que pierde un 40% necesita un 66,7% de subida para volver al punto de partida si no se toca. Si además se le extrae un 6,7% anual durante ese tramo, el listón se levanta año a año, y el capital que tiene que producir esa subida es cada vez más pequeño. Es el mismo mercado y el mismo porcentaje de recuperación para todo el mundo, pero para el que retira llega tarde.
Por qué los primeros años son los peores
Que el daño se concentre al principio de la retirada tiene tres causas que actúan a la vez:
Primero, el capital está en su punto máximo. Un desplome del 40% sobre 300.000 euros destruye 120.000; el mismo porcentaje quince años después, sobre una cartera ya mermada, destruye mucho menos en términos absolutos.
Segundo, las participaciones vendidas baratas eran las que tenían más años de crecimiento por delante. Vender a precio hundido en el año 1 de una jubilación de treinta cuesta treinta años de composición perdida; hacerlo en el año 27 cuesta tres.
Y tercero, no queda margen de maniobra. El que acumula puede trabajar dos años más, aportar más o simplemente esperar. El jubilado ya ha gastado su activo más valioso, que era el tiempo, y su única palanca es reducir el gasto, que es precisamente la decisión que nadie quiere tomar el primer año.
De ahí una regla que la literatura repite: los primeros cinco a diez años de retirada deciden buena parte del desenlace de los treinta. Es una ventana estrecha en la que un inversor tiene poco control sobre lo que ocurre y mucho sobre cómo está montado antes de que ocurra.
Caso real: la década perdida
Considere a quien dejó de trabajar en Estados Unidos a principios del año 2000, con una cartera concentrada en renta variable estadounidense. El mercado cayó tres años seguidos, con el S&P 500 perdiendo alrededor de la mitad de su valor entre el máximo de 2000 y el mínimo de octubre de 2002. Apenas recuperado el terreno hacia 2007, llegó una caída aún mayor, del orden del 55% entre octubre de 2007 y marzo de 2009. Sumando dividendos, la década 2000-2009 terminó ligeramente en negativo para ese índice, de ahí el apodo de década perdida.
Ese jubilado vendió participaciones durante prácticamente diez años en un mercado que no subía, y llegó a 2010 con una cantidad de participaciones muy inferior a la inicial y, por tanto, incapaz de aprovechar del todo el largo mercado alcista posterior. Quien se retiró en marzo de 2009, con exactamente la misma cartera y el mismo porcentaje de retirada, empezó a vender en el punto de arranque de una de las mayores subidas de la historia. La única diferencia entre los dos fue el calendario.