3. Rebalanceo: qué te da y qué te cuesta
Riesgo 5: Construir la cartera
Una cartera que no se toca deja de ser la cartera que diseñaste. No hace falta ningún error: basta con que los activos se muevan a ritmos distintos, que es lo único que hacen. El rebalanceo la devuelve a su forma original, y es de las pocas decisiones de gestión sobre las que se puede hablar con aritmética en la mano.
Lo primero que hay que entender es la deriva
Toma una cartera 60% acciones y 40% bonos. Supón diez años en los que la bolsa renta un 10% anual y los bonos un 2%. Sin tocar nada, los 60 se convierten en 155,6 y los 40 en 48,8. La cartera vale 204,4 y el peso de la bolsa ha pasado del 60% al 76%.
Nadie ha decidido subir el riesgo: ha subido solo, y justo después de un tramo excelente de bolsa, cuando la valoración es más alta. La deriva siempre aumenta tu exposición al activo que más ha subido, que rara vez es aquel al que conviene aumentarla.
Ese es el trabajo principal del rebalanceo: mantener el nivel de riesgo que elegiste. No es una técnica para ganar más. Es una técnica para no acabar, sin darte cuenta, en una cartera que jamás habrías firmado.
El efecto secundario: comprar barato y vender caro sin opinar
Rebalancear obliga a vender lo que ha subido y comprar lo que ha bajado. Es una disciplina contraria al impulso: reduces lo que va bien, que es lo último que apetece, y añades a lo que va mal, que es lo penúltimo.
Hay una parte que se puede cuantificar. Cuando dos activos tienen rentabilidades esperadas parecidas, mucha volatilidad y poca correlación, la cartera rebalanceada compone por encima de la media de sus componentes. Esa diferencia se llama prima de rebalanceo, y equivale más o menos a la mitad de la varianza que elimina la mezcla:
- Dos activos al 50%, volatilidad del 20% cada uno y correlación cero: el efecto ronda el 1% anual.
- Los mismos dos activos con correlación 0,8: el efecto cae a alrededor del 0,2% anual.
Conviene ser honesto. No es dinero gratis ni una fuente de rentabilidad independiente: es una consecuencia aritmética de cómo se componen los rendimientos, y depende por completo de que los activos se comporten de determinada manera. Si uno de ellos entra en una tendencia larga y sostenida, el rebalanceo te habrá hecho vender el bueno para comprar el malo, año tras año. En la cartera del ejemplo, rebalancear durante esa década de bolsa fuerte habría restado rentabilidad, no sumado. Y habría sido, aun así, la decisión correcta en términos de riesgo.
Calendario o bandas
Las dos familias de reglas son sencillas y se comportan de forma distinta:
- Por calendario. Se rebalancea en fechas fijas: mensual, trimestral, anual. Ventaja: es imposible discutirla y no requiere vigilancia. Inconveniente: opera cuando no hace falta y no opera cuando hace falta. Una cartera mensual puede generar del orden de trescientas sesenta operaciones en treinta años, muchas de ellas por desviaciones de décimas.
- Por bandas de desviación. Se rebalancea cuando un peso se aleja de su objetivo más de un umbral: cinco puntos en términos absolutos, o un 25% en términos relativos al peso objetivo. Ventaja: solo actúas cuando el riesgo se ha desplazado de verdad. Inconveniente: hay que mirar.
Un 60/40 con banda de cinco puntos se activa cuando la bolsa llega al 65% o baja al 55%. En tres décadas eso suele disparar del orden de diez o quince rebalanceos en lugar de trescientos sesenta. El control de riesgo resultante es prácticamente el mismo, con una fracción de las operaciones. La conclusión que aparece una y otra vez al comparar reglas es que no existe una frecuencia óptima universal, y que las diferencias de rentabilidad entre reglas razonables son pequeñas frente a las de coste.
El coste, que es donde se decide todo
Tres partidas, en orden creciente de importancia:
- Comisiones. Hoy son pequeñas en activos líquidos, pero no cero.
- Horquilla e impacto. Lo que pierdes entre lo que compras y lo que vendes. Irrelevante en un índice grande, muy relevante en un activo estrecho.
- Impuestos. La partida que decide la discusión. En España las plusvalías tributan en la base del ahorro con una escala que va del 19% al 30%. Mueve ocho puntos de una cartera de 100.000 euros: vendes 8.000, de los cuales pongamos que 3.000 son plusvalía. A un 21%, la factura es de 630 euros, un 0,63% de la cartera. Compáralo con esa prima de rebalanceo de entre el 0,2% y el 1% anual y verás que el orden de magnitud es el mismo.
De ahí salen dos consecuencias prácticas. La primera: rebalancear con dinero nuevo, con los dividendos o con las aportaciones periódicas evita casi todo el coste, porque compra sin vender. La segunda: en una cuenta con fiscalidad diferida el cálculo cambia por completo, y las bandas pueden ser mucho más estrechas.
2008 y 2009: la disciplina puesta a prueba
Un inversor con un 60/40 que empezó 2008 lo terminó con las acciones cayendo alrededor de un 37% y los bonos agregados subiendo en torno a un 5%. La cartera valía 79,8 y el peso de la bolsa había caído al 47%: trece puntos por debajo del objetivo, muy fuera de cualquier banda razonable.
Rebalancear exigía comprar unos doce puntos de cartera en acciones en el peor ambiente en ochenta años, y el mercado siguió cayendo hasta marzo de 2009, cuando acumulaba cerca de un 57% desde máximos. Después, 2009 cerró con una rentabilidad total del índice próxima al 26%.
La lección no es que rebalancear acierte con el suelo, porque nadie sabía dónde estaba. Es que la regla toma la decisión que casi ningún inversor toma por su cuenta, y lo hace sin necesidad de tener razón sobre el futuro.
Para ampliar esta lección
- Rebalanceoen el glosario