3. Nominal contra real: la inflación como impuesto invisible
Macro 1: El precio del dinero
Hay un error que arruina más carteras que cualquier mala elección de acciones, y no requiere equivocarse en nada: consiste en contar el dinero sin descontar lo que ha subido el precio de las cosas. Se llama ilusión monetaria, y sobrevivir a ella es la diferencia entre creer que ganas y ganar.
La cuenta que casi nadie hace bien
La rentabilidad nominal es la que aparece en tu extracto. La real es la nominal menos la inflación: mide lo que ha cambiado tu capacidad de comprar cosas.
La forma rápida de estimarla es restar, y para la mayoría de casos vale: 7% nominal menos 5% de inflación son aproximadamente 2% real. La forma exacta divide en vez de restar, y la diferencia se nota cuando los números son grandes: con un 40% nominal y un 30% de inflación, restar sugiere un 10% real, cuando en realidad es un 7,7%. Con inflación baja la resta funciona; en un país con inflación alta, la resta te engaña siempre a favor.
Merece la pena mirarlo desde el otro lado, porque es el que duele. La regla del 72 dice que para saber en cuántos años se duplica algo, divides 72 entre el porcentaje. Aplicada a la inflación: con un 3% anual, los precios se duplican en 24 años. Con un 7%, en solo 10. Un ahorrador que en 2010 metió el dinero debajo del colchón y lo sacó en 2024 no perdió ni un euro de los suyos, y sin embargo perdió aproximadamente un tercio de lo que ese dinero podía comprar.
El impuesto que nadie llama impuesto
Aquí viene la parte que casi nunca se explica y que cambia el cálculo por completo: Hacienda te grava la rentabilidad nominal, no la real.
Un ejemplo con números redondos. Inviertes 10.000 euros, ganas un 6% nominal en el año y la inflación ha sido del 4%:
- Ganancia nominal: 600 euros. Tu rentabilidad real antes de impuestos es de apenas un 2%, unos 200 euros de poder adquisitivo.
- Impuesto sobre la ganancia patrimonial, a un tipo del 19%: se calcula sobre los 600, no sobre los 200. Son 114 euros.
- Te quedan 486 euros nominales, es decir, un 4,86% nominal. Restando el 4% de inflación, tu rentabilidad real después de impuestos ronda el 0,86%.
Has pagado, en la práctica, más de la mitad de tu ganancia real. Y si la inflación hubiera sido del 6%, tu ganancia real habría sido cero y aun así habrías pagado 114 euros: impuestos sobre un beneficio que no existió. Este mecanismo es el motivo por el que la inflación se describe a veces como el impuesto que no necesita aprobarse en ningún parlamento.
Cómo se mide la inflación, y por qué la cifra oficial se discute
El dato que publican los institutos de estadística (el IPC en España, el CPI en Estados Unidos) es el precio de una cesta de bienes y servicios ponderada según lo que consume un hogar medio. La palabra clave es *medio*: si tú gastas la mitad de tu sueldo en alquiler y el alquiler sube un 10%, tu inflación personal no se parece a la publicada.
Hay tres puntos técnicos que conviene conocer porque generan discusión constante:
- Sustitución. Si la ternera se dispara y la gente compra pollo, el índice ajusta la cesta. Los críticos dicen que eso disfraza el empobrecimiento; los defensores, que mide lo que la gente realmente compra.
- Ajuste hedónico. Si un ordenador cuesta lo mismo que hace tres años pero es el doble de potente, el índice registra una bajada de precio. Es defendible y a la vez difícil de aceptar cuando pagas lo mismo.
- La vivienda. En Estados Unidos, el coste de la vivienda en propiedad se estima con el alquiler equivalente, y entra en el índice con mucho retraso. Es una de las razones por las que el dato oficial puede ir por detrás de lo que percibe la gente.
Además del dato general se publica la inflación subyacente, que excluye alimentos frescos y energía. No es que esos precios no importen; es que son tan volátiles que ocultan la tendencia de fondo, y los bancos centrales toman decisiones mirando la tendencia.
Lo que el mercado cree que va a pasar
Para un inversor, la inflación pasada es historia; lo que mueve los precios es la inflación esperada. Y esa expectativa se puede leer directamente en el mercado: la diferencia entre el rendimiento de un bono normal y el de un bono ligado a la inflación del mismo plazo es, aproximadamente, la inflación que el mercado descuenta para ese periodo. Se llama tasa de equilibrio o *breakeven*.
Esto tiene una consecuencia práctica de primer orden. Si el IPC sale al 6% y el mercado esperaba un 6,5%, los bonos pueden subir con fuerza ese mismo día pese a que la inflación siga siendo altísima. No reacciona al dato, reacciona a la diferencia entre el dato y lo que ya estaba en precio. Volveremos sobre esta idea, porque es una de las que más dinero cuesta aprender por las malas.
Y una advertencia final que enlaza con el módulo siguiente: la peor combinación posible para una cartera es inflación alta y sostenida. Entre 1966 y 1982 el Dow Jones terminó casi donde había empezado en términos nominales, y su nivel, descontada la inflación, se dejó cerca de dos tercios en dieciséis años. Contando los dividendos reinvertidos, que entonces rendían más de un 4% anual, el inversor no perdió esos dos tercios, pero tampoco ganó nada: dieciséis años enteros para conservar exactamente el poder adquisitivo de partida. Nadie recuerda ese periodo como un crash, porque no lo hubo. Simplemente el dinero fue desapareciendo sin que ningún gráfico lo mostrara.