4. El riesgo de que el problema seas tú
Riesgo 7: El riesgo que no está en los precios
Queda el riesgo que no tiene prima, ni contrapartida, ni serie histórica, ni forma de cobrarse por asumirlo: el operativo. Nadie te paga por gestionar mal tus accesos, por teclear una orden con un cero de más o por no saber qué tienes. Es riesgo puro, sin compensación esperada, y por eso es el único de todo el curso que conviene reducir a cero hasta donde se pueda. Es también el módulo más incómodo, porque aquí la contraparte eres tú.
El acceso: el punto único de fallo eres tú
La cadena real de seguridad de una cartera no empieza en la contraseña del bróker. Empieza en el correo electrónico, que es donde se recuperan todas las demás credenciales. Quien controla ese correo controla la cuenta de valores, por larga que sea la contraseña.
El segundo eslabón débil es el número de teléfono. La verificación en dos pasos por mensaje de texto depende de una tarjeta que un tercero puede duplicar convenciendo a un operador de telefonía, un fraude con nombre propio y suficientemente frecuente como para que las entidades serias hayan dejado de recomendarla. Una aplicación de códigos o una llave física eliminan esa vía.
Y el tercero, el más olvidado: los códigos de recuperación. Existen precisamente para el día en que pierdes el móvil, y casi nadie sabe dónde los guardó. Si no puedes contestar ahora mismo dónde están los tuyos, no los tienes.
El dedo: errores al teclear una orden
En diciembre de 2005, un operador de Mizuho Securities quiso vender una acción de la compañía J-Com a 610.000 yenes y tecleó lo contrario: 610.000 acciones a un yen. La orden era absurda, el sistema la aceptó, la bolsa de Tokio no permitió cancelarla con la rapidez necesaria y la pérdida se estimó en decenas de miles de millones de yenes, cientos de millones de dólares. No fue un error de criterio: fue un error de dedo en una casa profesional con controles.
El inversor particular tiene la misma superficie de fallo y menos redes:
- Confundir la casilla de títulos con la de importe. Querer invertir 3.000 euros en un valor de 30 euros y teclear 3.000 en la casilla de títulos son 90.000 euros, treinta veces lo previsto.
- Órdenes a mercado en valores poco negociados. Enlaza con el primer módulo: una orden sin límite en un valor estrecho barre la horquilla y ejecuta a precios que nadie habría aceptado.
- Códigos parecidos. Dos productos casi idénticos con distinta divisa, distinto domicilio o distinto tratamiento de dividendos.
- Mercado equivocado. El mismo valor cotizado en dos plazas, con liquidez y costes que no se parecen.
La defensa no es sofisticada: orden limitada por defecto, revisar el importe total antes de confirmar y desconfiar de uno mismo fuera del horario habitual o con prisa.
Nadie sabe qué tienes, empezando por ti
Aquí aparece la deriva: la distancia entre la cartera que crees tener y la que tienes. Se forma sola, sin ningún error puntual. Tres fondos que resultan replicar el mismo índice. Una cobertura que venció hace dos años y que sigues contando. Un plan de pensiones de un empleo anterior. Efectivo acumulado en una divisa que nunca elegiste. Un producto que cambió de política de inversión y te lo comunicaron por carta.
Hay además un final concreto y poco conocido para las cuentas olvidadas. En España, los saldos y valores depositados en entidades financieras que permanecen sin movimiento ni reclamación durante veinte años se consideran abandonados y pasan a la Administración General del Estado. No es una leyenda: está en la ley de patrimonio de las administraciones públicas, y las entidades están obligadas a comunicarlo.
Qué pasa si mañana no puedes gestionar tu cartera
Un testamento reparte bienes, pero no dice dónde están. Si tus herederos no saben que existe una cuenta en un bróker extranjero, esa cuenta no aparece. Si tus accesos están en un gestor de contraseñas cuya clave maestra solo conoces tú, nadie entra. Si tienes criptoactivos en autocustodia, la pérdida no es probable: es segura.
La incapacidad temporal es aún peor tratada, porque no la resuelve la herencia. Un poder preventivo otorgado ante notario permite que una persona de confianza actúe si tú no puedes, y no cuesta prácticamente nada frente a lo que evita.
Lista de comprobación
- Inventario escrito de todas las cuentas, entidades y productos, con importes aproximados y fecha de última revisión.
- Correo electrónico con contraseña única, verificación en dos pasos que no dependa de mensajes de texto y una dirección de recuperación que controles.
- Códigos de recuperación de cada entidad, guardados en un sitio físico que sepas nombrar.
- Orden limitada por defecto y revisión del importe total antes de confirmar cualquier operación.
- Revisión anual de coberturas vigentes, solapamientos entre fondos, divisas y efectivo parado.
- Cuentas dormidas: mover algo o cerrarlas, nunca dejarlas quietas durante años.
- Instrucciones para terceros: dónde está el inventario y cómo se accede, con un poder preventivo y un testamento actualizado.
- Una persona que sepa que todo esto existe.
Caso real: llaves perdidas
Stefan Thomas, programador, guardó 7.002 bitcoins en un disco cifrado y perdió la contraseña. El dispositivo permite diez intentos antes de borrar el contenido de forma irreversible; hace años que le quedan dos. Nadie le ha robado nada: el saldo está a la vista de cualquiera en la cadena de bloques y es inaccesible para siempre. Con las valoraciones de los últimos años, la cifra ha oscilado entre varios cientos de millones de dólares.
No es un caso raro. Análisis del sector estiman que del orden de una quinta parte de todos los bitcoins emitidos está en direcciones cuyas claves se han perdido. Y el mecanismo no es exclusivo de los criptoactivos: es el mismo que deja cuentas de valores sin reclamar durante veinte años hasta que pasan al Estado. En ningún caso hubo un mercado adverso, un emisor insolvente ni un intermediario en concurso. Solo un inversor que no dejó por escrito lo que tenía y cómo se llegaba hasta ello.
Todo este material es formación, no asesoramiento financiero. Nada de lo anterior es una recomendación sobre productos, entidades ni estructuras concretas, ni sustituye al asesoramiento fiscal o jurídico que tu situación pueda requerir.