1. Ventaja informativa: por qué está muerta para un particular
Nivel 7: Las cuatro ventajas posibles
Antes de buscar una ventaja conviene definirla, porque la palabra se usa con una ligereza que arruina carteras. Una ventaja no es una idea buena ni una convicción fuerte: es una razón concreta por la que tú vas a obtener un resultado mejor que la persona que está al otro lado de tu operación. Si no puedes describir a esa persona y explicar por qué va a salir perdiendo contigo, no tienes ventaja, tienes una opinión. En un mercado como el S&P 500 esa razón solo puede vivir en cuatro sitios, y este nivel los recorre uno a uno. Empezamos por el más antiguo y, para ti, el más muerto.
Qué es exactamente una ventaja informativa
Tienes ventaja informativa cuando conoces un hecho relevante sobre una empresa que el precio todavía no refleja porque casi nadie más lo conoce. Conviene separar tres cosas que suelen mezclarse:
- Información privilegiada. Datos relevantes y no públicos obtenidos de dentro de la compañía o de alguien con deber de confidencialidad. Operar con ella es delito. Eso no es una ventaja, es un riesgo penal.
- Información pública mal distribuida. El dato es público, pero llega antes a unos que a otros. Aquí vivía la ventaja informativa clásica, y es exactamente el canal que la regulación lleva veinticinco años cerrando.
- El mosaico. Reunir muchas piezas públicas, cada una irrelevante por separado, hasta formar un cuadro que el mercado no ve. Es legal, y es lo que hacen fondos que encargan encuestas a miles de clientes o contratan a exdirectivos del sector como asesores. Cuesta millones al año.
Por qué existió durante casi dos siglos
Durante la mayor parte de la historia bursátil la información viajaba físicamente, y quien la movía antes cobraba por ello. Las cuentas anuales llegaban por correo semanas después del cierre. Para leer una memoria había que escribir a la compañía y esperar. Visitar una fábrica o conocer al director financiero eran, literalmente, formas de saber antes.
Y había algo más importante que la lentitud del papel: era práctica habitual que las empresas mantuvieran llamadas con un grupo selecto de analistas y grandes accionistas en las que se matizaba cómo iba el trimestre antes de que lo supiera nadie más. No era ilegal, era el funcionamiento normal del oficio. Quien estaba en esa lista tenía una ventaja informativa real y repetible sobre el resto del mercado.
Lo que cambió: archivo electrónico y divulgación equitativa
Dos cosas mataron ese negocio, y las dos son recientes.
La primera fue el archivo electrónico obligatorio. A mediados de los años noventa el registro público estadounidense pasó a recibir todas las cuentas de las cotizadas en formato electrónico, accesible de forma gratuita e inmediata para cualquiera. La memoria anual que antes costaba semanas conseguir pasó a estar disponible en el mismo segundo para un fondo de Nueva York y para un jubilado de Cuenca.
La segunda, más profunda, fue la divulgación equitativa. En agosto del año 2000 el supervisor estadounidense aprobó una norma que entró en vigor ese mismo otoño y que prohíbe la divulgación selectiva: si una cotizada comunica información relevante a un analista o a un inversor institucional, está obligada a hacerla pública de forma inmediata para todos. En Europa, la normativa de abuso de mercado impone desde 2016 una obligación equivalente de publicación simultánea. El resultado no es que la ventaja informativa se haya vuelto difícil: es que el canal legal por el que circulaba se cerró por ley. Lo que queda de ese canal es delito.
Añade el efecto de la cobertura. Las mayores compañías del S&P 500 están seguidas por decenas de analistas a tiempo completo, y sus cuentas las leen a la vez miles de profesionales cuyo trabajo es exactamente ese. Que tú veas ahí un hecho que ninguno ha visto no es imposible, pero no es un plan.
Dónde queda margen de verdad, y por qué no está en el S&P 500
Sería deshonesto decir que la ventaja informativa ha desaparecido de todos los mercados. Sigue existiendo margen donde se dan estas condiciones:
- Compañías muy pequeñas y poco seguidas, con uno o ningún analista cubriéndolas, donde el trabajo simplemente no lo ha hecho nadie.
- Situaciones que las instituciones no pueden tocar por tamaño: si un fondo grande no puede comprar una posición significativa sin mover el precio, no dedica recursos a estudiarla.
- Estructuras complicadas, escisiones, filiales cotizadas o compañías con contabilidad enrevesada, donde entender el conjunto exige un esfuerzo que casi nadie hace.
Y aquí está el punto que cierra el módulo. El S&P 500 es, por construcción, la lista de compañías donde ninguna de esas tres condiciones se cumple. Sus criterios de entrada exigen una capitalización que se cuenta en miles de millones de dólares, un volumen de negociación elevado, suficientes acciones en manos del público y beneficios contables positivos en el último trimestre y en la suma de los cuatro últimos. Quien cumple todo eso es, por definición, una compañía muy mirada.
Caso real: cuando la SEC discutió en qué red social se puede publicar un dato
En julio de 2012 el consejero delegado de Netflix escribió en su página personal de una red social, seguida entonces por unos cientos de miles de personas, que el consumo mensual del servicio había superado por primera vez los mil millones de horas. La compañía no publicó ese dato por sus canales oficiales. El supervisor estadounidense abrió un expediente por posible incumplimiento de las normas de divulgación equitativa y, en abril de 2013, decidió no sancionar y aprovechó para aclarar el criterio: publicar en una red social es aceptable siempre que la empresa haya avisado previamente a los inversores de que usa ese canal.
Quédate con la magnitud de la discusión. El debate no era si alguien había filtrado un secreto: era si una página seguida por cientos de miles de personas cuenta como "público" o no. Ese es el listón regulatorio bajo el que operas. Con ese listón, ningún dato material te llega tarde. Y, exactamente por lo mismo, ninguno te llega pronto.