4. El TER y el interés compuesto en tu contra
Costes 1: Lo que pagas y ves
Los tres módulos anteriores hablaban de costes que se cobran por hacer algo: comprar, mantener, convertir. Este habla del coste más silencioso de todos y, a largo plazo, del más caro con diferencia. No lo verás en ningún extracto, no recibirás ningún cargo y no habrá ninguna fecha en la que se te retire dinero de la cuenta. Y aun así, en una vida inversora, puede llevarse un tercio de todo lo que habrías acumulado.
Qué es el TER y por qué es invisible
El TER (total expense ratio), traducido en la documentación europea como gastos corrientes, es el porcentaje anual del patrimonio de un fondo que se detrae para pagar su funcionamiento. Dentro caben la comisión de gestión, la de depositaría, la auditoría, las tasas del regulador y la administración.
La clave está en cómo se cobra: se descuenta del valor liquidativo, prorrateado a diario. Un TER del 1,5% supone restar en torno a un 0,004% cada día hábil. Nunca verás ese apunte. El fondo simplemente vale cada día un poquito menos de lo que valdría, y como no tienes delante la versión sin costes, no hay nada con lo que comparar. Es una diferencia psicológica enorme respecto a la comisión de compraventa: aquella la ves y te molesta, esta te desangra sin que la notes.
Los rangos actuales son muy amplios. Los fondos indexados y los ETF sobre grandes índices se mueven habitualmente entre el 0,03% y el 0,25%. Los fondos de renta variable de gestión activa vendidos al minorista en Europa se sitúan con frecuencia entre el 1,2% y el 2%. Conviene retener también que el TER no es el coste total del vehículo: quedan fuera los gastos de transacción del propio fondo y las eventuales comisiones de éxito. Eso pertenece a otro nivel; aquí trabajamos con el TER como cifra y con lo que le hace al tiempo.
La cuenta completa: dos carteras idénticas, treinta años
Este es el corazón del módulo, y hay que hacerlo con números, no con adjetivos. Supongamos dos inversores que hacen exactamente lo mismo: 100.000 euros invertidos en el mismo mercado, que rinde un 7% bruto anual durante 30 años. Sus carteras son idénticas en todo salvo en el TER.
Primero, la referencia sin costes. Un 7% durante 30 años multiplica el capital por 7,61: 761.226 euros. Esa es la riqueza que genera el mercado.
Inversor A, fondo indexado con TER del 0,15%. Su rentabilidad neta es del 6,85% anual.
- Factor de capitalización a 30 años: 7,30.
- Capital final: unos 729.700 euros.
- Coste acumulado frente a la referencia: unos 31.500 euros, el 4,1% de la riqueza generada.
Inversor B, fondo activo con TER del 1,50%. Su rentabilidad neta es del 5,50% anual.
- Factor de capitalización a 30 años: 4,98.
- Capital final: unos 498.400 euros.
- Coste acumulado frente a la referencia: unos 262.800 euros, el 34,5% de la riqueza generada.
Diferencia entre los dos inversores: unos 231.300 euros. Más del doble del capital que pusieron al principio, por una diferencia de tarifa del 1,35% anual, en dos carteras que compraron exactamente lo mismo.
Por qué el resultado es tan desproporcionado
Al ver estos números la reacción natural es sospechar del cálculo. No hay truco, hay dos efectos que se multiplican.
- El denominador correcto no es el patrimonio, es la rentabilidad. Un 1,5% sobre una rentabilidad bruta del 7% es el 21% de tu ganancia cada año. Y si mides en términos reales, descontando una inflación del 3%, ese 1,5% se lleva casi el 38% de lo que ganas de verdad.
- Cada euro que se lleva la comisión deja de componer para siempre. Los 1.500 euros del primer año no son 1.500 euros: son 1.500 euros que ya no capitalizarán durante los 29 años restantes. El coste no se suma, se compone, exactamente igual que la rentabilidad, pero en tu contra.
Ese es el argumento que John Bogle repitió durante décadas y que conviene enunciar en su forma más incómoda: el inversor aporta el 100% del capital y soporta el 100% del riesgo, y en el escenario de arriba se queda con el 65% del resultado. El reparto no lo decide el mérito; lo decide una cifra escrita en el folleto.
La aritmética que no admite discusión
Se podría objetar que un fondo caro puede valerlo si su gestor es bueno. La objeción tiene un problema que no es empírico sino aritmético, y lo formuló William Sharpe con una limpieza difícil de mejorar: el conjunto de los gestores activos posee, entre todos, el mercado. Por tanto, antes de costes, la rentabilidad media del dinero gestionado activamente es la del mercado, y después de costes es forzosamente inferior. No es una afirmación sobre el talento de nadie ni un resultado que pueda refutarse con mejores datos: se deduce de que las posiciones de todos suman el total.
Eso no implica que ningún gestor pueda batir al mercado; implica que el conjunto no puede, y que la parte que se lo lleva la comisión sale del bolsillo de los partícipes. Burton Malkiel y Charles Ellis llevan la idea al terreno práctico con la misma conclusión: como la rentabilidad futura es incierta y el coste es cierto, lo racional es optimizar la única variable que controlas.
Qué hacer con esto
Tres consecuencias operativas que se deducen directamente de la cuenta anterior:
- Compara siempre TER contra TER para la misma exposición. Si dos vehículos siguen el mismo índice, la diferencia de tarifa es prácticamente la diferencia de resultado futuro.
- Traduce el porcentaje a euros y a años antes de decidir. "Un 1,5%" no significa nada; "231.300 euros a treinta años sobre 100.000" sí.
- Suma todos los niveles. Un 1,5% de TER más un 0,25% de custodia más las rotaciones del módulo uno pueden dejar tu rentabilidad neta más cerca del 4% que del 7%, y ahí ya no hablamos de matices, sino de si llegas o no llegas.